Hacía un día precioso, los que ya estaban allí, se notaba que no llevaban mucho tiempo, pues los setos que limitan las parcelas se veían recién plantados, decía que los que ya estaban allí iban casi todos en traje de baño, tomando el sol. Otros estaban preparando el fuego para asar alguna cosa en la barbacoa. Otros plantando algún rosal en el jardín particular que tenía cada familia. Otros aseando la caravana, entonces ya habían muchos módulos. Recorrimos varias calles, entonces apenas habían ciento cincuenta parcelas construidas. (Con el tiempo se constituyó el club, después de algunas reuniones y se formó la asociación con 512 parcelas, es decir 512 socios). Y quedamos fascinados. Aquello era el paraíso. Y desde aquel día, creo que era Marzo de mil novecientos ochenta y tres, no hemos fallado jamás. Cada fin de semana, llueva o haga sol o truene, nosotros no tenemos dudas, hacia el Caravaning. Un lugar donde apenas se ve la tele, donde todo el mundo se saluda si vas paseando. Un lugar donde el canto de los pajarillos te despierta por la mañana, donde el ruido de los coches apenas se siente.
Aquel día de Marzo, tomamos una de las decisiones mas acertadas de nuestra vida. Ahora que ya han pasado mas de veinticinco años, seguimos subiendo cada semana, con la misma ilusión. Y mis hijos, que se han criado en este lugar privilegiado, también tienen cada uno su parcela, donde están criando a sus hijos.
Antonio Aranda - castreño
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