Los que salíamos de Barcelona, lo hicimos todos juntos en un tren perezoso que fue recogiendo a mas reclutas por el camino, hasta llegar a Cádiz. No se el tiempo que tardamos en hacer este recorrido; pero tal vez serían mas de dos días. En Cádiz pasamos la noche en unos enormes barracones que ya tenían amueblados con literas. Por la mañana todos formados en el puerto durante varias horas. Pasaron lista, mientras unos cuantos niños nos iban vendiendo tragos de agua en porrones. Y al barco, no recuerdo su nombre, solo recuerdo muy bien las dos enormes bodegas que nos sirvieron de dormitorio durante los varios días que duró la travesía hasta Santa Cruz de Tenerife. Y después a Hoya Fría, de nuevo todos formados en una explanada rodeada de barracones, y notando como si el suelo se moviera. Esa sensación duró todavía algunas horas.
Ya estaba en la mili. Me mandaron a la compañía once. Un barracón lleno de literas con tres de altura. En este campamento habían catorce compañías, una de ellas en vez de barracones eran tiendas de lona. El primer día nos dieron la ropa, nos pelaron, y nos dieron algún discurso explicándonos mas o menos de que iba aquello.
Por las mañanas gimnasia, luego el desayuno, a continuación un poco de instrucción, marcar el paso, manejar el CETME, cantar canciones. A continuación a comer, eso si formados, cada compañía iba entrando en el comedor, y cuando terminaba de entrar una, lo hacía la siguiente. Y así hasta que todo el campamento estaba colocado en sus mesas. Cuando el jefe de día daba la orden nos sentábamos todos, nos repartían el rancho, y a partir de ahí a comer. Para mi la comida era aceptable. Después, unos se quedaban a limpiar la cocina y alrededores, otros se iban a recoger colillas del patio, otros a la cantina. Y así hasta la hora en que dejaban salir a paseo. Eso si, después de que en la puerta se nos revisara de arriba a abajo, el traje mas o menos limpio, sobre todo las botas brillantes y el pelo del cuello bien arreglado. Así todos los días.
Recuerdo que un día estaba de tertulia con unos amiguetes de Alicante, uno de ellos había comprado una botella de ginebra. Me ofrecieron un trago, tomé un par de tragos, perdí el conocimiento. Me llevaron, según me contaron mas tarde, al botiquín, donde me estuvieron "cuidando". Al día siguiente me fueron a buscar a la compañía para llevarme arrestado. Me impusieron quince días de arresto. Consistía en dormir en un barracón apartado, especial para los castigados. Y trabajos algo mas duros que los demás reclutas. A mi me tocó, junto con otros compañeros, hacer un muro con piedras. La primera piedra que cogí se me cayó de las manos; con tan mala suerte, o tal vez buena, que me se me clavó una astilla en la uña del dedo pulgar. Me llevaron al botiquín, me limpiaron la herida y me dieron la baja. O sea que me pasé los quince días tumbado en la litera, en el barracón de los castigados, de donde solo salía para ir al comedor, como estaba de baja, no tenía obligaciones de limpieza. Durante estas dos semanas de relax leí "Así habló Zaratustra", que me dejó un compañero. También escribí algunos poemas que tuve ocasión de leer delante de mi compañía, para intentar describir mis días de arresto, Fue un sargento de complemento el que me animó, reconozco que costó decidirme, a leer algún poema de estos días.
Pasaron los tres meses de campamento. Sorteo para ver que cuartel nos tocaba. Unos se quedaron en el CIR, otros se fueron repartiendo por las islas, y algunos otros fuimos a Fuerteventura. En ese momento pensé que sería un castigo por los errores cometidos. Luego supe que no. Fui a parar directamente a la Plana Mayor Administrativa, la compañía a donde iban destinados todos los enchufados. Estábamos libres de todos los servicios. Por las mañanas cada uno a su destino. A mi me enchufó un veterano valenciano, me llevó al pequeño despacho de auxiliaría y un brigada me estuvo examinando. El examen era muy simple, me dejó una máquina de escribir y un folio. Escribí una carta breve dirigida al Brigada en la que le pedía que me admitiera en la oficina, pues a su lado podría aprovechar el tiempo. Total que me quedé allí. Por las mañanas íbamos a trabajar y por las tardes, que no había ningún jefe, nos juntábamos para pasar el rato hasta la hora que dejaban salir a paseo.
La típica novatada también la sufrí. A las pocas horas de llegar se nos acercó un veterano a dos novatos y nos dijo que teníamos que ir al botiquín a recoger una pieza, y la teníamos que llevar a la imprenta. La pieza estaba en la puerta del botiquín, parecía una reja de arado vieja, que tal vez habían preparado para la novatada. Los dos novatos nos miramos, creo que adivinamos lo que estaba ocurriendo, cogimos el hierro y atravesando todo el patio de armas, notando las miradas de los veteranos por las esquinas y hasta oyendo sus risas, fuimos hasta la imprenta. Allí nos dijeron que lo dejáramos en la puerta. Aquí terminó la broma.
Como en nuestra compañía estábamos todos los enchufados, también estaba el encargado de la cantina. Los últimos meses, este encargado se iba a dormir a la cantina, y nosotros, algunos amiguetes, cuando tocaban silencio, nos íbamos con él, a puerta cerrada, a pasar algunos ratos. Teníamos comida y bebida gratis, no de todo lo que queríamos, pero bueno, no podíamos quejarnos. También solíamos salir por las tardes, porque por las tardes las oficinas estaban cerradas, a darnos un baño. Nos íbamos por una puerta trasera, sin pasar el control de revista y de hora.
En total fueron catorce meses fuera de casa. Como no utilicé los días de permiso, me licencié un poco antes. Fueron meses agradables. Donde hice algunos amigos, sobre todo dos Pepe y Felipe. Pepe de Jerez y Felipe de Madrid. Siempre íbamos juntos a todas partes. Hace ya muchos años que no se nada de ellos.
El único problema que teníamos, al menos el mas grave, era la escasez de agua potable. Pero bueno, en nuestra compañía no teníamos problemas. Ahora que ha pasado el tiempo, cuando nos reunimos algunos hombres, con frecuencia contamos anécdotas de la mili, y normalmente son recuerdos agradables, que los jóvenes de ahora nunca vivirán.
Antonio Aranda - castreño
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