Prólogo
Voy a intentar describir las vivencias de un castreño republicado, que le tocó, si si le tocó, vivir una época para la que no estaba preparado. Nadie está preparado para momentos tan difíciles. Supo reaccionar honestamente. Quiero hablar de Don Luis, no me atrevo a llamarlo biografía, pues no se muy bien lo que pasó, ni tampoco lo que pensó, tan solo conozco parte de lo que ocurrió y con lo que conozco me atrevo a escribir esta historia. Mas que nada para que los jóvenes de ahora sepan algunos detalles de aquellos años, otro punto de vista de la posguerra, que pocas veces se ha contado por un pueblerino.
Capítulo I
Estamos en el año 1936, un invierno muy crudo. En Castro del Rio es un año bueno de aceitunas. Es una época muy importante en todas las casas, hay trabajo para todos. Durante estas semanas se recauda dinero casi para todo el año en las familias humildes, muy humildes, de muchos barrios. Todos salen a coger aceitunas, incluso muchas mujeres, que durante todo el año se dedican solamente a cuidar sus casas, salen estos días a ganar un jornal.
También habían otras labores que solían ser de mujeres, por ejemplo aclarar algodón. El algodón se sembraba en surcos y con semillas. Cuando nacían las plantas, que solían ser muchas, pues a la hora de sembrar era mas practico el exceso, porque podría ser que algunas semillas no germinaran. Como decía, solían nacer muchas y se tenían que aclarar para que quedara una cada diez o quince centímetros mas o menos. Otro de los trabajos en pleno verano era arrancar garbanzos, también era trabajo de mujeres, aunque a veces iban hombres y algún niño. Este era un trabajo muy duro, digo era porque ahora lo hacen las máquinas. Como ya he dicho antes la temporada de las aceitunas era la mejor época para las familias humildes del pueblo, pero la mata daba mas trabajo a los castreños, en este caso mas bien a los hombres. Durante la primavera, una de las tareas que se hacía en los olivares, en este caso trabajo de hombres, era la de los cortadores. Estos jornaleros especialistas estaban bastante bien valorados, Su trabajo consistía en podar los olivos. Las ramas se usaban después para los animales como comida y también como leña para el picón de los braseros. Estamos en Andalucía, en un pequeño pueblo de la campiña cordobesa, con el rio Guadajoz a sus pies, regando las fértiles huertas castreñas y dando vida a varios molinos que se fueron fabricando en su cauce, estos molinos se dedicaban sobre todo, a moler trigo para conseguir la harina que después se repartiría por las varias panaderías que habían en el pueblo, con esta harina se fabricaría el pan, que en aquellos años era el alimento principal de las familias humildes y tal vez de otras menos pobres. También aquella harina era imprescindible para muchos dulces que se hacían en aquellos años. A veces en las panaderías y muchas veces se hacían en las casas y se llevaban a las panaderías para cocer en los hornos. Quiero aclarar con todo esto que Castro del Rio era un pueblo con gente muy humilde; pero que había pan y aceite en la mayoría de las casas. También quiero dejar claro que no había dinero. Los pantalones se remendaban, los zapatos se usaban varios años. La mayoría de los niños no tenían juguetes, tampoco lo echaban de menos. Con unos huesos de albarillo y una caja de cartón con un agujero en la tapa se fabricaba un juego para compartir con los demás niños.
Capítulo II
Llega el golpe de estado, estamos en verano, Don Luis tiene 30 años. Es una persona con principios, sabe leer y escribir, en aquellos años no era normal. Tiene que defender a su gobierno legítimo, es lo que corresponde a cualquier razonamiento lógico. Y se presenta voluntario para defender al gobierno de la república frente a los golpistas. Como sabía leer y escribir con bastante soltura enseguida lo colocaron un poco lejos del frente, en intendencia. Le dieron los galones de sargento. Ese fue su rango militar oficial, aunque durante bastante tiempo ejerció como teniente, ya que, como ya dije, Don Luis leía y escribía con bastante soltura y en aquellos tiempos no era muy habitual, es por eso que necesitaban oficiales, es decir personas un poco preparadas para dirigir aquel ejército improvisado. Así pasó un tiempo, hasta que los golpistas fueron ganando territorio y Don Luis fue hecho preso por un grupo de falangistas. Ahí empezó una época muy penosa de Don Luis, pasó por varios campos de concentración, uno de ellos en Galicia. Estamos hablando de un castreño humilde, que nunca había salido de la provincia cordobesa. Allí en Galicia estaban hacinados en un patio enorme. Le daban de comer una vez al día. El aseo personal era inexistente. Don Luis, como sabía leer y escribir con mucha soltura, consiguió algunos privilegios en el campo de concentración. Pasaba lista a los presos, pero aún así tenían poca consideración con él. Quiero decir que los pequeños detalles que recibía de los carceleros no eran bien recibidos por el resto de compañeros. No fue elección propia, tal vez si hubiera dicho que no sabía leer y escribir se hubiera ahorrado algunas situaciones. También hacía otros menesteres que precisaban tener algunos conocimientos culturales. Allí pasó mucho tiempo, esperando que se ejecutase su pena de muerte decidida por un juzgado manipulado por los golpistas.
Fue pasando el tiempo, cada pocos días llamaban a unos cuantos para su ejecución. Desde el patio se escuchaban los disparos. Todos pensaban en ese momento, un día mas que podemos contarlo. Allí en aquellas condiciones estuvo Don Luis algún tiempo. Su único pecado era defender al gobierno legítimo de España, ni mas ni menos. Creo que es muy fácil de entender, cualquiera puede entenderlo. Pues hay personas que no lo entienden, tal vez porque no quieren, tal vez porque no les interesa. Franco se hace cargo del gobierno de España, la Iglesia se hace cargo de controlar a las masas. La Iglesia sabe como hacerlo. La historia tiene muchos ejemplos que nos hablan de esa forma de actuar. La Iglesia promete a los pobres la vida eterna, siendo ella, la Iglesia, la empresa mas poderosa del planeta, la que mas dinero maneja, la que podría terminar con la hambruna de las personas vulnerables. Pues ahí está la Iglesia apoyando todas las decisiones del golpista. También la iglesia conseguía del golpista un montón de privilegios. Ya se conoce el dicho, los curas y los guardias civiles dirigían los destinos de los pueblos. También los alcaldes, gran parte de ellos falangistas.
En Galicia, en un campo de concentración, sigue Don Luis, un castreño humilde, un jornalero, un joven honesto que decide defender al gobierno que fue votado por el pueblo. Allí la vida no es vida. Comían cuando comían y se aseaban cuando llovía, llevaban la misma ropa durante varias semanas. Fue pasando el tiempo. Llegó una orden de Madrid para que los presos se pudieran acercar a sus provincias de origen y poder recibir visitas de sus familiares. A Don Luis lo mandaron a Córdoba. De Castro a Córdoba hay cuarenta y algo de kilómetros, pues su pareja fue a visitarlo alguna vez andando este recorrido. Estamos hablando del año 1.941 - 42. Esto pasó en España cuando el golpista se hizo cargo del gobierno. A todos los defensores del gobierno legítimo los encarceló, a muchos los fusiló. Algunos tuvieron la suerte de sobrevivir, Don Luis tuvo esa suerte.
Capítulo III
La suerte sigue viva, Don Luis consigue la libertad, una libertad un poco incompleta, pues tenía que ir cada semana a firmar al cuartel de la guardia civil. Para él era un logro. Tenía trabajo mas o menos seguro. De momento lo primero que le exigieron los señoritos para los que iba a trabajar era que se casara por la iglesia. Aunque Don Luis ya estaba casado con su pareja, los señoritos le dijeron que mejor que se casara por la iglesia. Así lo hizo Don Luis, se casó por la iglesia y fue acogido por una familia pudiente de Castro como manijero en varias faenas del campo que precisaban de cuadrillas de jornaleros y cuando no se precisaban cuadrillas acudía a otros menesteres de la hacienda.
Fue una época difícil para la mayoría de los jornaleros, también para los jornaleros castreños; sin embargo Don Luis no lo tuvo muy mal, supo buscarse la vida, con mucho esfuerzo, para que en su casa nunca faltara el pan. En aquellos años tener el pan y el aceite asegurados era un lujo. En casa de Don Luis nunca faltó lo indispensable para hacer un joyo. Siempre con el soporte de su pareja consiguió una vida muy humilde, pero sin llegar a la hambruna que recorría las calles mas desfavorecidas del pueblo. Sus hijos fueron a la escuela. No todos los niños tenían esa oportunidad, pues sus padres se tenían que ir muchas temporadas a los cortijos y sus hijos se iban con ellos, en aquellos años los abuelos no estaban en condiciones de cuidar a los nietos, los tiempos han cambiado.
Estamos en los años mil novecientos cincuenta y tantos, Don Luis tiene que ir al cuartel de la guardia civil con cierta frecuencia. A través del señorito hubo una maestra escuela que se interesó por su hija. Esta maestra era muy conservadora, muy falangista, muy religiosa, todo lo contrario que Don Luis; pero está claro que esta maestra era una buena persona, aunque no pudiera compartir ninguna de sus opiniones ni creencias. Fue madrina de la niña. Hay personas buenas equivocadas, o tal vez no. También hubo un maestro muy especial para esta familia, se llamaba Don Francisco. Este maestro llamó a Don Luis para comentarle que uno de sus hijos debería tener una atención especial, en la escuela que compartía con los demás no podía ya aprender mucho. En la misma clase habían niños de diferentes edades, todo niños. Muchos de ellos iban pocos días, como ya he dicho, porque se marchaban a los cortijos con los padres. Don Francisco le propuso a Don Luis que su hijo podría hacer el bachiller. En pocas casas de Castro, aunque fuesen suficientes para vivir sin depender de un jornal, ya que tenían algunas tierras, tenían como meta el bachiller como base para una futura carrera. Se decía entonces que con las cuatro reglas ya tenían bastante. Don Luis, como ya he dicho varias veces, era una persona que leía y escribía con bastante soltura y por lo tanto se interesó por los comentarios del maestro de su hijo. También le dijo que él no podía pagar clases particulares. Entonces Don Francisco le propuso que no tendría que pagar nada. Tenía otros dos alumnos que también iba a preparar para el ingreso de bachiller y que estos dos si pagarían una cuota mensual y que a su hijo le daría el recibo como si la pagara, pero que no tenía que pagar. En todas las profesiones hay buenas personas y lo practican.
Eran tres los alumnos que Don Francisco estaba preparando para ir a Cabra a examinarse para ingreso de bachiller. Había una niña, hija de un guardia civil, curiosa coincidencia para Don Luis, y un niño hijo de un funcionario. Para el primer viaje a Cabra Don Luis se tuvo que poner de acuerdo con el guardia civil para alquilar un coche chico. No hubo problemas, se pusieron de acuerdo. Al final fue la madre para acompañar a la niña. Se fueron juntos a la Fuente del Rio a comer unas tortillas. Y vuelta para Castro. La nota que le dieron al hijo de Don Luis no la entendían. Después de analizarla algunas personas dedujeron que decía "opción a premio". Fue un gran acontecimiento cuando se corrió la voz por el pueblo. Todos se enteraron. Con Don Francisco hizo ingreso y primero de bachiller. Cuando terminó el curso el maestro se marchó a Córdoba, a partir de esa fecha esta familia perdió la pista de Don Francisco, un excelente maestro. El segundo de bachiller lo hizo con un maestro que suplió a Don Francisco en el mismo grupo escolar, muy cerca de la Piñuela y del granero. Para tercero ya abrieron el instituto en el Llano del Convento, gracias a un cura, Don Juan, ya digo que son las personas y no el uniforme. Don Luis siempre apoyó la educación de sus hijos, dentro de sus posibilidades. En el barrio donde se crio esta familia muy pocos niños iban por aquellos años al instituto.
Llega el verano, Don Luis cuando llegaba el verano se cuidaba de buscar ocupación a sus hijos. Por aquel tiempo el hijo mayor se fue con su tío zapatero para aprender el oficio. Ahí estuvo algunos años. Los dos hijos pequeños se fueron a cuidar los melones y la niña se quedaba en casa para ayudar un poco. En esa época Don Luis también cogía algunas fanegas de tierra a medias. Consistía en que el otro ponía la tierra y él ponía el trabajo, con la ayuda de sus hijos. Era muy normal plantar tabaco, para ello primero tenía que sembrar almácigas con tabaco para después llevarlo a la tierra. Cada planta de tabaco tenia una distancia, para ello se tiraba una cuerda en el suelo, se tensaba un poco para lograr una línea recta y en esa cuerda había unos lazos cada cuarenta o cincuenta centímetros mas o menos, el lazo indicaba donde se tenia que colocar una planta de tabaco. Primero un agujero en la tierra, luego se clavaba la planta, a continuación un vaso de agua y después se arropaba bien la planta y se aplastaba un poco la tierra para que se mantuviera bien derecha. Los primeros días, para menguar un poco la potencia del sol se colocaba un trozo de papel pillado por un par de terrones y un poco arrugado para envolver a la planta. Lo de echar el vaso de agua y colocar el trozo de papel lo hacían los hijos. Trasladar el cubo de agua unos metros mas adelante era cosa de Don Luis, los niños eran muy pequeños y no tenían fuerza para mover el cubo cuando estaba lleno. Cuando el tabaco estaba para cortar y trasladar al secadero llegaba otra tarea que el padre compartía con sus hijos. Don Luis alquilaba unos locales de la Villa para colgar las matas de tabaco, estos locales estaban justo al lado del Teatro Cervantes y con vistas al cine de verano, la pantalla la tenían bien visible. Las habitaciones eran muy altas, en el centro habían unas vigas de madera, como si estuviera preparado el edificio para poner un suelo y dividirlo en dos plantas. Todo el local estaba con cuerdas enganchadas en las vigas del techo, muy cerca una de otra. En estas cuerdas se iban colgando las matas de tabaco desde arriba para abajo, hasta llegar al suelo. Allí se secaba el tabaco y cuando estaba seco se deshojaba. Con las hojas se hacían pequeñas "manillas", que luego se empaquetaban en fardos. Don Luis conocía bien estas labores y sus hijos siempre estaban allí, a veces un poco obligados, para ayudarle. Era una aventura andar por las vigas y quedarse por la noche un rato para ver la película. Una de las cosas que Don Luis enseñaba a sus hijos era lavarse las manos después de una jornada de tabaco con orina. El tabaco tiene como un alquitrán y las manos quedan pegajosas y muy sucias. Pues eso, se lavaban las manos con su propia orina, una vez limpias del tabaco, se enjuagaban un poco con agua del grifo.
La misma cuadrilla se cuidaba de sembrar melones, con la diferencia de que los melones lo sembraban directamente en la tierra con las pipas, la misma cuerda servía para calcular las distancias entre los puntos de siembra. Cuando las matas de melón se extendían y cubrían gran parte del suelo, se hacía la choza con palos y paja, que serviría de vivienda. Así eran los veranos de aquellos niños castreños, de muchos niños en aquellos años. Debo decir que los hijos de Don Luis lo pasaban muy bien. Una de las personas que consiguieron que lo pasaran tan bien fue Don Pedro, el tío Pedro. Don Pedro era hermano de la pareja de Don Luis y no tenía hijos y además vivía justo en la casa de arriba, en la calle Nueva Salud. Alguna vez durante el verano iba al melonar el resto de la familia a pasar un rato, nunca se quedaban a dormir. La verdad es que la choza no reunía las condiciones mínimas. En aquellos años se tenían que pagar arbitrios, no se si pedía permiso para sembrar los melones, pero si se que una vez querías ir llevando la cosecha a casa había unos controles en las carreteras de entrada al pueblo y se tenía que pagar un impuesto. Don Luis, conocedor de esta aduana, creo que los controladores también conocían a Don Luis, procuraba buscar horas con poco control. Solamente era un serón con diez o doce melones, durante dos o tres semanas, dos o tres veces; pero él procuraba no pagar, mas que nada porque no tenía. Entraba el burro directamente hasta el corral cargado, en el corral estaba su cuadra, allí se descargaba para evitar ser visto por los demás. Aquellos dos niños meloneros, con trece y nueve años aproximadamente, pasaban unas horas solos en el melonar. Su distracción principal era cazar cigarrones, saltamontes. Siempre estaban pendientes de la enorme curva del barrero a partir de donde empezaba la trocha. Cuando aparecía Don Pedro montado en su diminuta borriquita, enseguida lo reconocían, mas bien por los andares del animal. El tío Pedro iba todos los días al melonar y era esperado con impaciencia por los dos niños. Además de alguna comida especial que sus padres le mandaban, Don Pedro siempre añadía algo más y sobre todo, casi todos los días llevaba algún tebeo. El tío Pedro se quedaba a dormir con ellos todos los días. De vez en cuando también Don Luis
Capítulo IV
Don Luis, por recomendación de la maestra de su hija, que ya sabéis era muy franquista, alistó a sus hijos en la O.J.E, organización juvenil española, gracias a este carnet uno de sus hijos pudo viajar gratis a Isla Cristina a pasar unos días. Me puedo imaginar los pensamientos de aquel hombre que vivió toda la vida para lograr para su familia lo mejor que él podía conseguir. Después de todo lo pasado accedió, tiene mucho mérito lo que hizo. Fue otra época difícil para Don Luis, cuatro hijos adolescentes con un futuro incierto, viviendo en la casa familiar de su suegra, que era cuidada por todos en casa. Se había quedado ciega y necesitaba muchos cuidados. La pareja de Don Luis y madre de los cuatro niños era la que mas tiempo dedicaba a su madre, pero ella también tenía que acudir a casa de la señorita. En estos años había fallecido el padre y titular de una gran hacienda. La hija, la señorita, se hizo cargo de todo, para ello necesitaba la ayuda de personas de confianza y entre estas personas de confianza estaban Don Luis y su pareja. También la maestra de la hija era una persona muy cercana a la señorita en todo y además vivía justo enfrente una de la otra. Fue pasando el tiempo, el hijo mayor trabajando de zapatero, se asoció con un compañero y se instalaron los dos en el zaguán de la casa familiar. El motivo del traslado a la casa familiar fue que el hermano de Don Luis que daba trabajo a su hijo mayor se trasladó a Córdoba capital a montar su negocio, entonces el hijo de Don Luis y su compañero se vieron obligados a montarse por su cuenta. Se hacían medias suelas, también tapas, incluso se hacían zapatos y botas nuevos. Los dos varones mas pequeños en invierno se dedicaban a la escuela y el Instituto y en verano a cuidar los melonares y ayudar a su padre en las faenas del campo. La niña también dedicaba el invierno al colegio y en verano ayudaba a la madre.
Capítulo V
Sigue pasando el tiempo, Don Luis ejerce de manijero en la época de recoger las aceitunas. El resto del año, que es mucho tiempo, la señorita lo tiene siempre colocado. Bien con los cortadores, que en las enormes fincas en la mata, tenían que podar los olivos y arreglarlos un poco. También haciendo recados varios. Uno de los trabajos que debo resaltar aquí fue formatear piedras para la fachada La señorita se estaba arreglando la casa familiar, su padre había muerto hacia poco. El trabajo de Don Luis consistía en picar piedras ya colocadas en la fachada para dar un aspecto rústico a las piedras. Este trabajo lo ocupó bastante tiempo, como es natural una vez acabada la recogida de aceitunas que cada año era su trabajo principal, normalmente como manijero, para seleccionar a cada una de las personas que formaban las cuadrillas, tanto de hombres como de mujeres; los hombres para varear con garabatos, las mujeres para recoger las aceitunas del suelo. Don Luis controlando las cuadrillas. Era importante la presentación de las aceitunas cuando llegaban al molino, pues dependía de su limpieza el precio que iban a recibir, me refiero en este caso a la señorita, ya que los jornaleros cobraban igual. A veces iban algunos a hablar mal de Don Luis a la señorita, por ejemplo explicando que en la cuadrilla que él controlaba iban algunos familiares de Don Luis que rendían poco, también que otras cuadrillas cogían mas kilos por persona. Don Luis siempre explicaba lo mismo a la señorita, su cuadrilla cogía algunos kilos menos pero la aceituna que él recogía iba mucho mas limpia y se pagaba mas cara. De todas maneras debo decir que habían otras cuadrillas que trabajaban a destajo, es decir que el jornal que cobraban dependía de los kilos cogidos por cada uno. La señorita vivía sola y Don Luis y su pareja estaban siempre a su disposición. Ella correspondía ayudando económicamente a la familia, nunca lo suficiente; pero en aquel tiempo aquella ayuda era un logro que en las familias humildes de Castro pocos podían acceder. Un buen día llega Don Luis a casa, era la hora de la cena. También a esa hora venían todos los jornaleros a cobrar el jornal. Don Luis preparaba los montoncitos de monedas y billetes para cuando fueran llegando. En algunos montoncitos habían varios jornales, él ya conocía a todos los jornaleros muy bien y sabía de cuantos jornales tenía que hacer el montoncito. Debo recordar que la comida principal en aquella casa era la cena. Era la única comida del día que reunía a toda la familia. Se cenaba muy temprano, a veces, sobre todo en verano, cuando no había anochecido. Decía que llega a casa Don Luis y cuando están todos sentados alrededor de la mesa dice: "Me acaba de decir la señorita que nos regala la casa que hay al lado de la suya en la calle Ancha, está vacía y le gustaría que nos fuéramos a vivir allí, así estaríamos mas cerca de ella, pues se está haciendo mayor y nos tendría mas a mano si en algún momento necesita nuestra ayuda". A todos pareció una buena noticia, cambiar el domicilio de la calle Nueva Salud a la calle Ancha era una subida de categoría, no había duda. Además la casa donde vivían era de la abuela. Habían cinco herederos de la casa y ya estaba repartida. Incluso algún heredero ya tenía su habitación, también había algún otro que de momento renunciaba a su parte de la casa. Lo que está claro es que esta casa regalada en una zona mejor del pueblo conseguía relajar a la familia. Fueron a ver la casa, Don Luis ya la había visto, pero no el resto de la familia. Era un palacio comparado con la humilde casa del Rio Viejo, aunque no era muy grande, el sitio valía por todo lo demás. Por aquel tiempo Don Luis estaba muy bien, el hijo mayor como zapatero autónomo el segundo estudiando bachiller en invierno y en verano trabajando con sueldo de mujer en trabajos varios del campo. La niña y el niño pequeño también en invierno al colegio y en verano ayudando en casa lo que podían. Por esta época, estamos a principio de los sesenta del siglo XX, el hijo mayor, que como he dicho ya ejercía de zapatero, se había trasladado al barrio bajo en una callejuela muy próxima al Llano del Convento, un pequeño local que había conseguido el socio. El segundo pasaba el verano en faenas varias del campo, aunque lo he dicho antes, lo repito adrede, para que se sepa que Don Luis era una persona muy preparada, ya se ocupaba él de tener ocupados a sus hijos. Los trabajos del campo, estamos hablando de un niño de catorce años, que solía hacer en esta época eran sobre todo aclarar algodón y arrancar garbanzos. Dos trabajos muy duros, los conozco muy bien. Don Luis fue un gran trabajador, un buen trabajador, un trabajador incansable. Pero estos dos trabajos que he mencionado, eran trabajos de mujeres, de sueldos de mujeres, de cuadrillas de mujeres y por supuesto algún niño. En este caso Don Luis se cuidaba de hablar con unos y otros para colocar a este hijo suyo, ya que el mayor sigue de zapatero y los pequeños solo tienen edad para ayudar un poco en casa. Durante unos días habló Don Luis con un manijero que llevaba una cuadrilla para aclarar algodón, también iba en este grupo una ahijada de Don Pedro. Ya sabemos que era hermano de la pareja de Don Luis, que colocada a su lado en las hileras de matas de algodón que se tenían que aclarar, era una gran ayuda para el niño. Este trabajo duraba solamente un par de semanas. Arrancar garbanzos ya era algo mas duro, mas que nada para un niño con las manos poco acostumbradas a estas labores. El primer día del hijo de Don Luis arrancando garbanzos fue algo especial. Normalmente iba la cuadrilla dejando montones, detrás iba el manijero, a veces ayudado por alguna jornalera, haciendo gavillas atadas con cuerdas, así cuando llegara el carro o la carreta estaban preparadas para llevar a la era. Decía que el primer día del hijo de Don Luis arrancando garbanzos fue especial. Iba preparado con unos cuantos calcetines viejos para usarlos de guantes. En cinco minutos rompió todos los calcetines. La tierra seca y dura y la falta de costumbre no permitían que las matas se arrancaran. La sangre empezó a manchar todo lo que tocaba. El manijero se dio cuenta enseguida y le dijo que se pusiera con él a atar las gavillas de garbanzos. Así pasó los días que duró aquel trabajo.
Capítulo VI
A los pocos días de la noticia de que iban a tener un nuevo hogar en un barrio de pudientes, vinieron dos sobrinos de la señorita a Castro, ellos vivían en Córdoba capital. Al parecer se habían enterado de que su tía iba a regalar la casa de al lado de la suya a unos pobretones, A ellos no les pareció bien y así se lo dijeron a su tía. Total que la convencieron de que sería un grave error colocar allí al lado a una familia numerosa con problemas económicos. Los sobrinos pensaron que aquella familia poco a poco se haría con la enorme hacienda de su tía. Insistieron tanto, que a los pocos días se decidió a explicarle a Don Luis su cambio de opinión. Se buscó una excusa poco creíble, le dijo que un sobrino suyo necesitaba la casa; pues como vivía en Córdoba, cuando venía a Castro a pasar unos días no tenía casa donde parar y esa casa le vendría muy bien. Como es natural Don Luis se quedó mudo, no supo que contestar y se marchó para casa buscando una forma suave de explicar la nueva noticia. No era fácil, sus hijos se habían ilusionado y también su pareja. Todos estaban contentos con este cambio. Cayó como un jarro de agua fría. El último verano en Castro lo pasó Don Luis trabajando en la cerámica, así se llamaba a la fábrica de ladrillos que había en las afueras del pueblo, muy cerca del río y del paseo. El hijo mayor como zapatero, el segundo se lo llevó con él a trabajar, gracias a un hermano suyo que llevaba allí trabajando mucho tiempo que intervino para que así fuera. El hijo se cuidaba de sacar los ladrillos recién hechos de una cinta, los colocaba en una carretilla manual, los llevaba a un gran patio donde se colocaban para que se secaran. La primera carretilla se le volcó y formó un barrizal, pero enseguida cogió destreza en su manejo, incluso la llevaba con una sola mano. Debo entender que Don Luis ya no estaba cómodo con la señorita a la que había servido tantos años.
Capítulo VII
Por este tiempo ya habían emigrado muchos castreños a tierras catalanas. Entre estos había un primo de la familia que influyó mucho. Don Luis, que como ya he dicho para leer y escribir tenía una gran soltura, solía escribir muchas cartas, entonces el teléfono era un bien escaso. Le escribió a su primo Juan, con cinco hijos se trasladó a Badalona, algo mayores que los hijos de Don Luis. Todos estaban trabajando, se habían comprado un piso. Él lo animó a probar, le ofreció su casa para que parara unos días, le dijo que sus hijos encontrarían trabajo enseguida y que no se lo pensara. Dicho y hecho, el primero en marcharse fue el hijo mayor, a punto de cumplir dieciocho años. Dejó la zapatería y para Badalona, a casa de su tío Juan. Estuvo unos días trabajando en trabajos eventuales, pero enseguida, con la recomendación de sus primos, entro a trabajar en una gran empresa automovilística. Al poco tiempo Don Luis se marchó para Cataluña a casa de su primo, tenía que buscar un piso para trasladar a toda la familia. Él se puso a trabajar en la construcción, como peón, claro está, Era lo normal de aquellos jornaleros que llegaban de Andalucía, que conocían muy bien todos los trabajos del campo, pero desconocían otros. En pocos meses cogió un piso en alquiler, en un humilde barrio de Badalona, que tiene como frontera con Santa Coloma una calle. Enseguida se fue toda la familia. Se quedó en Castro, con unos tíos suyos, Don Pedro y su pareja, que vivían en la casa de arriba, uno de los hijos, pues Don Luis quería que acabase el bachiller y se tenía que examinar de reválida. Tuvo que retrasar unos meses la marcha a Badalona.
Capítulo VIII
Estamos en Setiembre de mil novecientos sesenta y tres. Don Luis ya está en Cataluña, él trabajando en San Adrián en una fábrica de cristal, su hijo mayor en una importante empresa de automóviles. Los demás intentando una salida. El segundo entró enseguida a trabajar en una empresa de transportes de paquetería, gracias a un paisano que trabajaba allí que lo colocó. El pequeño entró a repartir telegramas con una bicicleta. Tenía doce años. La hija entró en el colegio para acabar el bachiller, en Castro solamente había hecho hasta tercero. No fueron tiempos difíciles para Don Luis. También creo que los que pelearon en el lado de los rojos, no se porqué se puede considerar rojo a un jornalero castreño que defendió como pudo al gobierno elegido por el pueblo, pero es así, los considerados rojos por el dictador fueron maltratados durante muchos años. La primera decisión importante de Don Luis, ya había tenido muchas decisiones muy importantes, una vez instalado en Badalona fue mirar de comprar un piso. Había pasado un tiempo, todos los hijos trabajando. El mayor en una empresa importante de automóviles, el segundo en una empresa familiar de transportes de paquetería, la niña en una empresa medio pública de la región, el cuarto preparándose como aprendiz en la misma empresa automovilística que trabajaba el hermano mayor. Don Luis, que debido a sus kilos y a sus torpes piernas, se había colocado como barraquero, persona que de noche vigila las obras desde que los paletas (albañiles) acaban la jornada hasta que vuelven por la mañana, en el barrio de Singuerlín. Fue una época muy dulce para la familia. Los castreños seguían emigrando y los que ya estaban instalados en Cataluña intentaban facilitar su asentamiento. Había mucha camaradería. Don Luis vivía de alquiler en un piso de dos habitaciones, matrimonio y cuatro hijos. En ese tiempo vinieron a Cataluña dos sobrinas de Don Luis, hijas de una hermana suya que malvivía en Castro, fueron acogidas en ese piso diminuto. Los pequeños problemas se superaban siempre. El respeto se imponía. Don Luis creyó que era el momento de intentar comprar un piso en propiedad, era su ambición primordial y lo consiguió. Hubieron algunos peros que la familia superó.. Necesitaban una entrada de veinticinco mil pesetas para intentar la compra, el resto se pagaría al banco a través de una hipoteca. Necesitaba veinticincomil pesetas para la entrada y no disponía de ese dinero. El hijo que trabajaba en la empresa de transportes de paquetería, una empresa familiar, donde había costumbre de pedir adelantos a la empresa y que se pagaban sin intereses, pues eso, el hijo lo dijo a su jefe y le dieron esa entrada para el piso. Este hijo hacía un año mas o menos que trabajaba allí y tendría como mucho dieciocho años. Ya tiene un piso en propiedad Don Luis, en la Rambla de San Sebastián de Santa Coloma. Esta fue una temporada bastante agradable para todos. La calle estaba asfaltada, para llegar al piso anterior se tenía que atravesar una vóbila, fábrica de ladrillos, donde era un barrizal cada vez que llovía. Este nuevo piso tenía tres habitaciones y también un pequeño balcón que daba a la Rambla. Llega la época del servicio militar para los dos hijos mayores. El primero va a Logroño y pocos días después de volver el hijo mayor se marcha el segundo a Canarias.
Capitulo IX
Don Luis, una persona que tenía una gran soltura para leer y escribir, era bastante torpe a la hora de usar sus piernas. Estando ejerciendo como barraquero, así se llamaba a la persona que vigilaba las muchísimas obras que habían aquellos años. Se tenían que construir pisos a todos los emigrantes que llegaban diariamente. El pez que se muerde la cola. Los cuatro hijos trabajando, todos a una. Cuando digo todos a una estoy diciendo que Don Luis había conseguido que la familia siempre funcionara unida. Tenían una cartilla única adonde iban los jornales de todos, tanto de Don Luis como de los cuatro hijos. Todos estaban conforme, eso no quiere decir que en algún momento algún hijo no estuviera de acuerdo; pero el respeto siempre imperó por encima de las diferentes opiniones que a veces aparecían. Por aquellos años salió una oportunidad para todos los soldados que habían tenido galones en el ejército rojo. Tenían que ir a buscar su nombramiento en unos archivos. Don Luis ejerció de teniente con el ejército de la república, pero su nombramiento no llegó a ejecutarse, después de buscarlo solo apareció como sargento. Unos meses de espera y Don Luis tenía una pequeña paga mensual como defensor de la república. Fue un logro de aquel republicano que se acababa de jubilar. La pequeña paga como sargento del ejército rojo era casi igual a la pequeña jubilación que cobraba. Entre las dos conseguía una paga casi decente. La familia siempre estuvo muy unida. Por este tiempo tuvo Don Luis una visita digna de contar aquí. Se trata del señor Quiles, cuñado de su pareja. Este señor también emigró, en este caso la ciudad elegida por esta familia fue Terrassa. A este pueblo venían muchos emigrantes andaluces y por lo tanto también castreños. Allí reunió el señor Quiles a casi todos sus hijos y él ya mayor también se marchó para Cataluña. Pues eso, el señor Quiles visitó durante unos días a Don Luis en Santa Coloma. Quiero recordar ahora una anécdota que el señor Quiles contó muchas veces. Tenía un pequeño bar en la "calle el baño", justo al lado de la fuente y frente al callejón de Párraga. Siempre contaba que algunos clientes muy especiales le pedían vino de un barril que tenía detrás de una cortinilla. Era el mismo vino, pero le echaba un chorrito de agua. Los clientes contentos agradecían este trato especial. Como iba diciendo Don Luis y su familia iban a una. Es un logro de Don Luis. Los años fueron pasando, los hijos fueron creciendo y se independizaron; pero siempre tuvieron en cuenta el ejemplo recibido.
Epílogo
No se si algún día tendré tiempo para ampliar estas cavilaciones sobre la vida de Don Luis, una persona honesta que siempre predicó con el ejemplo. Cada capítulo tiene muchos espacios para rellenar, no tengo mucho tiempo, pero me han quedado muchas situaciones, muchos rincones y muchísimos momentos. Supongo que tendré esa oportunidad de ir ampliando cada capítulo para que conozcáis mas detalles de la vida de Don Luis. Es mi idea, pero que sepáis que seguiré su ejemplo mientras pueda.
Antonio Aranda
UNA VUELTA DIFICIL
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Intentaré relatar las añoranzas de un niño que abandonó su pueblo con 16 años y que lo estuvo idealizando toda la vida desde la distancia.
Quizás sea la situación mas bonita que se puede dar, tal vez se rompería con la vuelta.
Fue en setiembre de 1963 cuando cogí el sevillano, así se llamaba al tren con recorrido desde Andalucía a Cataluña. Después de una infancia y adolescencia un poco especial, con altibajos, me fui para Badalona. Mis padres y hermanos ya se habían marchado antes del verano. Yo me quedé con unos familiares para poder terminar el bachillerato. Me examiné en setiembre y al día siguiente para Córdoba a coger el tren para Barcelona. Han pasado sesenta y un años.
Durante este tiempo han habido etapas muy diferentes, aunque siempre Castro del Rio ha estado en mis pensamientos. Los primeros años , mis padres, mis hermanos y yo, que vivíamos juntos y todos a una, siempre estábamos hablando del pueblo. También nos relacionábamos con paisanos y familiares que ya habían emigrado o que llegaban por aquellos años. Había una gran camaradería. Fuimos varios veranos a Castro a pasar las vacaciones. Siempre parábamos en casa de unos tíos míos por parte de mi madre. Apenas convivíamos con nuestros paisanos castreños, siempre estábamos en familia. Como mucho visitábamos a otros familiares que vivían repartidos por los diferentes barrios.
Luego conocí a la que sería y es mi esposa. Ella es de Torregalindo, un pequeño pueblo de Burgos, muy cerca de Aranda de Duero. A este rincón burgalés fuimos varios años de vacaciones. Mi pueblo, Castro del Rio, fue quedando un poco arrinconado. Luego llegaron los hijos y un trabajo que me ocupó demasiado.
En invierno de 1999, un infarto me apartó del trabajo, tenia entonces 51 años. La doctora que me cuidó aquellos meses en Asepeyo de Sant Cugat de una manera muy especial //"por cierto, allí coincidí con José Luis Núñez, presidente del Barça"//, me comentó que era muy joven, pero que había la posibilidad de solicitar la incapacidad permanente. Le dije que tenía que hablarlo en casa y también con la empresa, pues según la paga que me quedara no era suficiente para mantener a la familia, habían dos hijos en una edad difícil, pues estaban intentando prepararse.
Lo hablé en casa e hicimos cuentas, la paga que me quedaba era menos de la mitad de lo que cobraba en el trabajo. lo hablé con la empresa y me ofrecieron un dinero que no cubría la diferencia del sueldo que cobraba en la empresa a la paga que iba a recibir, pero que no estaba mal. Debo decir que la empresa no estaba obligada a complementar la paga de invalidez.
Ya pasó todo, pensionista y se supone que con tiempo libre, me acerqué a la AA.VV. de mi barrio para ofrecerme a lo que hiciera falta. Yo me creía una persona preparada para ayudar, sin pedir nada, como es natural, al menos para mí. La verdad es que se miraron un poco extrañados, pero dejé mis datos, nadie me dijo nada. Volví a los pocos meses y habían otros que no se acordaban de mí. Hasta hoy nadie ha vuelto a decirme nada, tal vez la culpa es mía que tampoco he vuelto.
Seguimos, sin trabajo y con una mujer dispuesta a ser mi chofer, estuvimos una temporada larga que nos íbamos al caraváning a pasar muchos días. Nos hicimos socios de este paraíso cuando mis hijos eran pequeños y desde entonces todos los fines de semana, nunca habíamos fallado, hasta ahora por motivos de salud, allí hemos pasado muchos momentos agradables y allí, disfrutando de las llamas de una acogedora chimenea, he escrito muchas cavilaciones sobre los castreños y los barrios de mi pueblo.
Tengo un grupo de versos que andan por ahí revueltos en este blog, que fueron escritos en los primeros años de mi estancia en Cataluña, me refiero a AÑORANZAS, EVOCACIONES, PALPITACIONES, ETC. Estos poemas los escribí al poco de estar en tierras catalanas. En aquellos años la nostalgia era muy fuerte. Luego vino una época mas burgalesa y catalana. Después unos años muy nostálgicos, mucho. Ahora he llegado a una paz muy igualatoria. Castro sigue siendo la luz que ilumina mis recuerdos. Pero he llegado a un equilibrio bastante placentero. Me gustaría volver a pasear por mi pueblo, creo que ahora sería diferente.
Cómo cada día se hace un poco mas cuesta arriba ir a mi pueblo, me voy haciendo a la idea de que es muy difícil que vuelva a pasear por mi barrio El Rio Viejo, por La Villa, la Ermita de la Virgen de la Salud, la Calle Alta, la Calle de los Molinos.......... En mi recuerdo viven todos estos rincones, supongo que engrandecidos por la distancia y el tiempo. Tal vez ya no pueda volver, pero cada día dedicaré unos minutos a recorrer cada barrio de mi pueblo, a escuchar el suspiro de aquellos patios humildes, a soñar.
Alguna vez imaginé una vuelta definitiva. Mi entorno mas cercano impidió que se llevara a cabo, tal vez con razón, pienso que son muchas las cadenas que me atan a esta tierra del nordeste de España y aunque estas cadenas se pueden cortar, no depende sólo de mí. Esta opción ya está descartada del todo. Siempre queda abierta la posibilidad de ir a pasar unos días a Castro del Rio, cada día que pasa es mas débil esta posibilidad, pero sigue viva y quiero que siga viva.
Debo decir, tal vez gritar, que algún amiguete ha conseguido este regreso a la infancia. Creo que no es fácil, tampoco es imposible, pero es un reto muy difícil de pelear, siempre el entorno puede hacer mucho y tal vez tu fuerza interna puede hacer algo más.
Antonio Aranda - castreño
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